lunes, 22 de mayo de 2017

Sierra Algarrobo, Algeciras

                  
En esta ocasión la ruta de convivencia de los clubes senderistas 3 Caminos de Ubrique y Camino y Jara de Algeciras discurrió por estas sierras próximas a la ciudad campogibraltareña. Un espacio natural que no tiene secreto para el rutero Paco Cabrera, que se mueve como pez en el agua por estas elevaciones paralelas al Estrecho de Gibraltar y pertenecientes al Parque Natural de Los Alcornocales. Organizada durante una de las mejores épocas del año para salir al campo, en el ecuador de la primavera, cuando la naturaleza está en todo su esplendor, parte del recorrido estuvo jalonado de enormes helechos que hizo las delicias de los senderistas que en ocasiones se vieron inmersos en una auténtica selva de un verde exuberante.
La propuesta senderista partía de la algecireña barriada de El Cobre para caminar por el sendero del Río de la Miel y ganar altura por estas increíbles laderas de helechos del Cerro del Rayo, huerto de Jazmín y Comares. Llegados a la histórica senda de los Prisioneros, y tras escasos metros, hay que continuar a la izquierda por un cortafuego paralelo a una antigua valla que directamente nos lleva a la cumbre del Algarrobo. Se trata de un mirador natural de unos 670 metros que domina este entorno de 360 grados y donde parece obligado hacerse una foto con la bahía de Algeciras al fondo y otra con el Estrecho y África. Bajamos hacia el puerto de la Higuera y posteriormente por la garganta Marchenilla con la barriada de Pelayo en nuestro horizonte. Hay que conectar con la antigua Cañada Real por encima de la Huerta Serafín buscando la zona conocida como Tres Pinos para volver por el cerro del Rayo.
Aquí la comitiva senderista se dividió en dos para que la expedición ubriqueña conociera una de las joyas naturales de la comarca del Campo de Gibraltar, el Río de la Miel.

                                 









































































                          













domingo, 30 de abril de 2017

"Ruta por el Peñón de Gibraltar de estudiantes" por Gabriel García Ortega




El sábado 22 de abril los estudiantes de 2º de Bachillerato del IES Sierra Luna de Los Barrios nos embarcamos en una pequeña escapada junto a nuestro profesor, Antonio Morales, que es Historia; nuestra profesora de Lengua, María del Mar; y un grupo pequeño de amigos excursionistas. El destino no estaba muy lejos de nuestra localidad, de hecho da nombre al Campo de Gibraltar, pero aún conociendo la corta distancia teníamos la sensación de casi abandonar Europa, ¿y no es cierto?
         El itinerario no era muy complejo: subir y bajar la roca. Tras pasar de pies puntillas la frontera y pasar por el centro, nos topamos  con una escalera que le sacó los colores al más deportista y tras superar alguna que otra cuesta llegamos a una de las entradas del entramado de túneles que atraviesa Gibraltar, dicen que hay más kilómetros de túnel que de asfalto, dicen. El origen de éste está  en la Segunda Guerra Mundial,  tal y como contó Morales, los ingleses acondicionaron su pequeño paraíso para una posible invasión alemana, pero estos, con total desfachatez, decidieron bombardear Londres.  Estando en el interior no podíamos imaginar cómo se podría vivir allí con jornadas laborales que tan solo dejaban un tercio de día para dormir, sin ver la luz. Tras salir, seguimos afrontando las pendientes. Refrigerio si, refrigerio no, llegamos al gran atractivo gibraltareño, los monos. Lejos de la simpatía que nos podamos imaginar de un pariente de nuestra rama biológica, era escuchar el sonido de un plástico para que se te abalanzaran encima. A todos nos generó curiosidad su forma de vivir. Se limitaban a desparasitarse unos a otros o escalar una y otra vez el mirador hasta que algún intrépido visitante se atrevía a sacar algo de comida.
        Las vistas desde la cumbre eran realmente impresionantes, y divertidas, las gaviotas afrontando el severo viento para intentar posarse sin éxito una y otra vez nos hizo pensar que no sólo el humano tropieza  dos veces con la misma piedra. Seguimos nuestro camino por la cresta, hasta casi tropezarnos  con unas escaleras, casi comparables a la calle Lombard de San Francisco, aunque con un poco menos de lujo. Descendimos por la cara posterior del Peñón, combatiendo el viento, y descansamos en una de las numerosas cuevas que agujerea  Gibraltar. Continuamos con nuestro trayecto hasta llegar al cementerio judío, interesante y desconocido por partes iguales. Por desgracia no pudimos hacernos la mítica foto con las columnas de Hércules, pero Morales se encargaba de sacar selfies  allá donde fuera.  Para finalizar nuestra excursión regresamos al centro de la ciudad pasando por un puente colgante que no hizo delicias para los que sufrían un poco de vértigo. Concluimos la experiencia con tiempo para comprar algo de chocolate y volver a Europa.

     Esta pequeña visita nos ha hecho comprender  por qué, año tras año, nuestro profesor de Historia insiste en arrastrarnos a cruzar la frontera. Y es que Gibraltar tiene mucho encanto.