martes, 18 de julio de 2017

La Habana Centro, un barrio colonial que busca su antiguo esplendor



Constituido como un municipio dentro de la capital cubana, se trata casi de una ciudad aparte, estratégicamente situada entre la Habana Vieja y el Vedado. Una especie de transición entre la parte antigua y la moderna. Entre el paseo del Prado y la Rampa existe un mundo de calles estrechas, de edificios de dos o tres plantas donde late la auténtica vida habanera. Barrio obrero, desde muy temprano estas arterias urbanas se llenan de gente y los artesanos y vendedores se asoman a la puerta de sus casas, al mismo tiempo que las bici-taxis –aquí llamadas coco-taxis- toman las calzadas al ser el transporte más utilizado. Los turistas no suelen internarse por este barrio del siglo XVIII pero su visita resulta imprescindible si se le quiere tomar el pulso a la ciudad y es ideal alojarse en una de sus casas de renta, compartiendo la vida diaria con sus vecinos. 
Es imposible no emocionarse ante la riqueza del patrimonio arquitectónico de La Habana Centro. Ante sus majestuosos palacios, balcones, ricas obras de hierro forjado, avenidas porticadas, allí donde se hace realidad el apelativo de “ciudad de las columnas”. Y todo ello en un contexto de mestizaje único entre la tradición española y africana.
Pero al mismo tiempo esta ciudad refleja también como pocas todas las contradicciones de su convulsa historia. A pocos metros de magníficos palacios coloniales restaurados nos vemos inmersos en un mundo donde la decadencia es más que visible. En algunas zonas nos encontramos un escenario de escombros, casas apuntaladas y edificios desmoronados. Parece que ha pasado un terrible siniestro ante inmensas casas a punto de desplomarse
La falta de mantenimiento, ante las dificultades que atraviesa el país, el paso del tiempo, la humedad y la superpoblación que soportan explican esta situación. Tras la revolución estas casas fueron ocupadas por nuevas familias al abandonar el país sus antiguos propietarios. Cada vez que alguien llega se dividen las habitaciones y con el tiempo se subdividen entre varias generaciones de la misma familia. Todo ello fue originando una reducción de espacios y de las condiciones higiénicas. Y en esta situación se acometieron algunas obras de ampliación, las llamadas barbacoas, que son en realidad buhardillas, pero que producían nuevas grietas en estas antiguas casas coloniales. Muchas de estas calles van a parar al Malecón, donde además ataca la humedad.
Sin embargo, en este barrio obrero y humilde reside el alma habanera. El verdadero escaparate, junto al Malecón, de la ciudad. Los ritmos y la música caribeña resuenan desde los patios interiores de estas casas, donde conviven las familias, y se dejan oír mientras paseamos.  Constituye toda una experiencia recorrer estas calles a cualquier hora del día o de la noche y detenerse a hablar con su gente. La Habana no deja a nadie indiferente.
Sería necesario recuperar su riqueza arquitectónica con la restauración que necesita esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En 2019 La Habana cumplirá 500 años y ya se han puesto en marcha algunas iniciativas porque parece un buen momento para acometer ese plan integral que le devuelva su antiguo esplendor.  

Una parte de reportaje fotográfico de esta ciudad única, realizado en julio de 2017, lo hicimos en uno de los corazones  de este barrio, concretamente entre las calles Campanario y Lealtad, un domingo con las primeras luces del día para retratar también la ciudad desnuda, con las calles y edificios lejos del bullicio diario.   














































































































lunes, 19 de junio de 2017

Jostedalsbreen (Noruega), el parque de los glaciares



  Jostedal es el parque de los glaciares europeo por excelencia. Su glaciar es el mayor de todo el continente,  un inmenso bosque de hielo protegido como parque nacional cubre casi 500 km cuadrados, y el de Brisksdalsbreen es el brazo más conocido. Desde una altura de 1.200 metros va cayendo este brazo hacia el fértil valle del mismo nombre. Este espacio natural ofrece fascinantes contrastes. Prados de flores se deslizan hacia impresionantes saltos de agua, románticas cabañas se reflejan en tranquilos lagos de color turquesa, rodeados por escarpes e imponentes montañas. Los ríos brotan en caídas salvajes en un alocado camino de agua hacia el mar, dicen que como si tuviesen prisa después de tantos años atados al hielo. 
Sin duda un paraíso un poco apartado de los circuitos turísticos pero que se encuentra entre dos lugares tan conocidos como Sognefjord y Geiranger. 
En nuestro viaje hemos utilizado como base la ciudad de Alesund, un enclave entre fiordos distante de Bergen unos 400 kilómetros hacia el norte. Hay que coger la carretera hasta Stryn para continuar bordeando su fiordo hasta llegar a Olden, aquí se abandona la costa para adentrarse hacia el sur por el valle de Oledal, un paisaje de lagos y montañas cubiertas de hielo. Tras 24 kilómetros la carretera se acaba y hay que abandonar el coche para llegar a Briksdal, centro de actividades de montaña, y el lugar más accesible del glaciar a través de un paisaje de enorme atractivo. Desde allí hasta la cima se puede subir en coche eléctrico, el "vehículo troll", o caminando por un sendero paralelo al río de unos 3 kilómetros. Tras una hora de caminata se llega a la lengua del Briksdalsbree. Ahora mismo resulta difícil acercarse al hielo ya que cada año retrocede un poco debido al cambio climático.

Las siguientes fotos han sido captadas un día lluvioso y desapacible, pero no por ello menos atractivo por todos sus contrastes.